Cocinar es una forma de pensar

Cortar, esperar, probar. Los gestos de la cocina tienen un ritmo que la mente actual necesita más de lo que reconoce. Un texto sobre el pensar que ocurre entre fogones.
Cocinar en casa se ha vuelto opcional. Podemos delegarlo casi por completo. Pero al hacerlo perdemos algo más que sabor: perdemos un tiempo donde el cuerpo hace y la cabeza descansa.
Los gestos de la cocina son antiguos y confiables. Picar una cebolla, esperar a que el aceite tome temperatura, probar la sal. Nada urgente, nada opinable.
En ese hacer aparece un pensar distinto. No el pensamiento ansioso que resuelve problemas, sino uno más lento que ordena el día y a veces resuelve, sin querer, lo que llevábamos rumiando.
No hace falta cocinar bonito ni cocinar mucho. Basta con volver una o dos veces por semana a preparar algo con las propias manos, sin prisa.
Comer lo que uno mismo ha hecho, aunque sea sencillo, tiene un efecto que ninguna comida rápida iguala.




