La soledad elegida no es tristeza

Estar solo no es lo mismo que sentirse solo. Este texto explora la soledad como un espacio elegido donde volvemos a escucharnos, distinto del aislamiento que nos vacía.
La soledad tiene dos caras. Una duele: es la de sentirse invisible en medio de la gente. La otra reconforta: es la de encontrarse con uno mismo sin ruido ajeno. Confundirlas nos empuja a llenar los huecos con lo primero que pasa.
La soledad elegida se entrena. Una tarde sin planes, un paseo largo, una comida en silencio. Al principio incomoda; luego se vuelve un lugar donde uno vuelve a estar.
En esos ratos no pasa nada espectacular. Pero algo se ordena por dentro: aparecen ideas propias, deseos verdaderos, decisiones que llevaban tiempo esperando turno.
Nos han enseñado a temerle a estar solos. Sin embargo, quienes se llevan bien con su propia compañía suelen elegir mejor a quién dejar entrar.
No se trata de retirarse del mundo. Se trata de no salir corriendo cada vez que aparece el silencio.



